Museo Hippie -San Marcos Sierras- Argentina




19 de septiembre, 2010
Que los hay, los hay


Que existen, existen. Que los hay, los hay. Hippies de corazón, con sentimiento. Hippies herederos del movimiento que se forjó en los 60s en Estados Unidos. Hippies que construyen sus casas, siembran su alimento, se apartan de los mandatos del sistema y bogan, hoy como ayer, “all you need is love”. ¿Pero qué carancho implica ser hippie hoy por hoy y en qué se diferencia del ayer por ayer? Esa gran pregunta que genera noches de insomnio en padres de algún que otro adolescente encuentra su respuesta en el primer Museo Hippie del mundo que se encuentra nada más ni nada menos que en San Marcos Sierras, Provincia de Córdoba, Argentina. Allí vamos a descubrir este nuevo invento nacional.




Para llegar al museo hay que caminar unas callecitas de tierra muy bonitas. Entre árboles frutales y morteros que dan cuenta de la presencia pasada de los comechingones, los cartelitos señalan la cercanía al museo. Uno podría arriesgar en la caminata qué objetos se presentan en las vitrinas de un museo que da cuenta del movimiento Hippie. Un disco de Janis Joplin, un morral de cuero, instrumentos musicales sacralizados por la mano de algún miembro ilustre del rock nacional, carteles que insten a la paz mundial, pipas, elementos venidos del oriente…el riesgo de acertar es alto, aunque las sorpresas son muchas.



El fundador y guía del museo, que se erige en una casita de barro, es Daniel "Peluca" Domínguez…y no es difícil encontrar en la maraña de su pelo, el origen de su apodo. Mientras esperamos que su mujer, artista plástica, termine de hacer una visita al museo en francés, Peluca nos relata, con una serie de fotografías, el origen del hipismo, su filosofía desde el inicio de los tiempos, desmiente mitos, desarrolla los principios de las comunidades intencionales (en las que se compartían trabajo, respeto y principios como la armonía con la naturaleza) y me convence, definitivamente de que el ser hippie es para él, no sólo un modo de vestirse sino un camino para transitar el mundo. El relato, después de atravesar la vida de Dióneges el Cínico, la Biblia, los Hipster –de donde deriva la palabra hippie-, la generación Beat, llega hasta las primeras comunidades hippies en San Marcos Sierras. Los franceses se retiran e ingresamos al museo sin cámaras, como en cualquier museo del mundo.




El espacio es pequeño y podría llegar a dar cierta claustrofobia ingresar con más de diez personas. Sin embargo, es notoria la colección de objetos que penden de las paredes: obras de arte, recuerdos, posters de música, discos, cartas enviadas de movimientos hippies de aquí y allá. Peluca es un showman dispuesto a relatar su vida y dar a las anécdotas la contundencia de la información necesaria como para que la visita al museo se convierta en sí misma en un acto preformativo. De pronto, estar allí implica tratar de entender más sobre este movimiento y su hacer, informarse sobre la política que el pueblo toma con respecto a temas tan actuales como la contaminación minera, los pesticidas, la educación y las ordenanzas del pueblo. Peluca, en su charla, hace que el museo cobre vida, en tanto trasciende de sus palabras una ideología.



Tal vez, la vedette del museo, un disco original de los Beatles sea el ejemplo de que, guste a quien guste, Peluca es coherente con sus prédicas. La anécdota reza así: resulta que hace unos años el museo recibió una donación de discos de un amigo de la casa. Los discos permanecieron en la colección sin que ninguno hubiera parecido tener más brillo que otros objetos como, por ejemplo, una de las guitarras de Tanguito. Entre la pilita de vinilo estaba Introducing ... The Beatles. No mucho tiempo atrás Peluca se enteró leyendo el diario e identificando una foto publicada con la tapa del disco que guardaba el museo que su colección escondía nada más ni nada menos que el primer disco que la banda editó en Estados Unidos en 1964 y hoy es presa de los coleccionistas más fanáticos. Peluca no lucró con el tesoro, ni lo vendió para comprarse un yate. El disco, luego de una comprobación oficial de su originalidad, se expone en el museo bajo normas estrictas de preservación.



Al finalizar el recorrido, el guía turístico-espiritual invita a escribir un mensaje de paz para la posteridad y colocarlo en una botella. Muestra, con entusiasmo, tres paredes inmensas que está levantando para armar la nueva sala del museo. Mientras pensamos el deseo y lo escribimos en un recorte de bolsa de pan –reciclar aquí es un principio-, celebramos la visita, tomamos un mate y miramos de reojo el gran símbolo de paz que se levanta. Después de todo, nos vamos convencidos: todo lo que necesitas es amor.








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